Xinan, la Tlanchana y el Nevado de Toluca

Xinan, la Tlanchana y el Nevado de Toluca
Xinan, la Tlanchana y el Nevado de Toluca

El Xinantécatl es un volcán que se encuentra en el Estado de México a tan sólo 22 kilómetros de la ciudad de Toluca, el cual fue conocido en el siglo XVI con el nombre de Chicnauhtécatl, “el de las nueve aguas”. Mide 4680 msnm. Como todo volcán que se precie, cuenta con una hermosa leyenda.

Había una vez un sacerdote llamado Xinan que habitaba cerca del Lago de Metepec. Un día le apeteció meterse a nadar en las aguas del lago, pero la diosa Tlanchana lo vio que nadaba desnudo, y le ordenó que saliese cuanto antes del agua. Al ver a la diosa, Xinan se enamoró perdidamente de ella, no le hizo caso a su orden y permaneció en el agua. Pero la Tlanchana, furiosa, lo tomó en sus manos y lo arrojó lejos del lago. Al darse cuenta el sacerdote de que no era correspondido, se dirigió al valle, se abrió el pecho y expuso su corazón al Sol para que se quemase.

La Tlanchana pensó que se había librado del molesto enamorado. Sin embargo, Xinan quedó pegado a la tierra y empezó a crecer, mientras que salía lava de su incendiado corazón la cual cubrió gran parte del valle. Xinan creció tanto que se convirtió en un hermoso volcán. La diosa, al verlo, se arrepintió de su comportamiento y quiso ir con él. Con mucha dificultad logró atravesar la tierra que había dejado el volcán y que le impedía el paso, llegó hasta el volcán, subió a la cima, le pidió perdón a Xinan y con mucho cuidado le cubrió el corazón.

La Tlanchana vivió mucho tiempo en el río Verdiguel, pero la continua vista del sacerdote convertido en volcán se le hizo imposible y decidió alejarse, por lo cual se fue a Toluca a llorar por sus amores fracasados.

Sonia Iglesias y Cabrera

 

 

El tentador carro rojo

El tentador carro rojo
El tentador carro rojo

Cuenta una leyenda que en lacarro rojo carretera vieja que va desde el Distrito Federal a la Ciudad de Cuernavaca, Morelos, por las noches se ve circular un automóvil rojo. En él van varias mujeres jóvenes, con aspecto de mujeres galantes. Este fantasmagórico carro, dicen los que lo han visto, también se aparece en diferentes lugares de la Ciudad de México, y en lugares muy apartados entre sí.

Las mujeres transitan en dicho automóvil son muy bellas, van vestidas con ropa llamativa y atrevida, como si fuesen o salieran de una fiesta. Gritan y cantan felices de la vida, pareciera que se hubiesen tomado unas cuantas copas de más. Cuando en su recorrido por la carretera o por las calles de la Ciudad de México encuentran uno a varios hombres, con palabras y gestos obscenos lo invitan a subirse al carro rojo, que por cierto es muy elegante.

Las mujeres son tan bellas y sus actos provocativos tan sexuales que pocos son los hombres que logran substraerse a la invitación. Una vez que el hombre ha subido al carro rojo, desaparece por varios días, hasta que por casualidad su cuerpo es encontrado a la orilla de la carretera o en la cuneta de alguna de las calles citadinas.

Cuando el cuerpo es revisado en la Morgue, se le encuentran tatuadas señales, símbolos y dibujos que hacen pensar que esas mujeres pertenecen a alguna secta diabólica, y que la víctima ha sido objeto de ceremonia y rituales pavorosos, aun cuando ningún hombre a sobrevivido para contarlos.

Sonia Iglesias y Cabrera

Fuente: Leyendas de terror

Los celos de don Juan Manuel

Los celos de don Juan Manuel
Los celos de don Juan Manuel

En la Calle de República de Uruguay de la Ciudad de México, existe una hermosa casa construida, en el año de 1783, con chiluca y tezontle. La adornan gárgolas, torreones y puertas de madera. En esta casa vivía don Juan Manuel Solórzano, conde de la Torre de Cosío, hombre rico y amigo del virrey don Lope Díaz de Armendáriz, marqués de Cadereyta. Como tuvo la mala idea de hacer negocios no muy lícitos, un cierto día fue a parar a la cárcel; su amigo el virrey le salvó de morir en el patíbulo.

Dicho percance le marcó profundamente y dejó los negocios para encerrarse en su casa a sufrir su ruina social. Tan amargado y triste se encontraba que en sus desvaríos le dio por dudar de la fidelidad de su esposa, doña Mariana de Laguna. Todo el tiempo se la pasaba vigilándola y escudriñando en sus pertenencias, a fin de encontrar alguna prueba de su supuesta infidelidad. Tantos fueron sus celos y sus sospechas que, en un momento de desesperación y angustia, decidió invocar al Diablo y ofrecerle su alma a cambio de que le dijese quién era el hombre con que Mariana lo traicionaba. El Diablo aceptó la oferta y le indicó que saliese de su casa a las once de la noche y matase al primer sujeto que pasara. Y así lo hizo. Cada noche salía a la calle y mataba al que pasaba frente a su casa. Al día siguiente las autoridades recogían los cadáveres de los hombres apuñalados por don Juan Manuel.

Ya nadie se atrevía a salir de su casa por la noche, el miedo cundía en la ciudad colonial. Así continuó su macabra tarea, hasta que un día, en un momento de lucidez, acudió al Convento Grande de San Francisco y se confesó a un fraile. El religioso, horrorizado, le escuchó en silencio, y como penitencia le impuso a Don Juan Manuel que fuese durante tres noches a la Plaza Mayor, se arrodillase al pie de la horca y rezase un rosario.

La primera noche que el infeliz asesino rezó en la Plaza, se le aparecieron almas en pena que le anunciaban con voz siniestra su próxima muerte. Al segundo día sucedió lo mismo, y el desdichado hombre se encontraba totalmente desquiciado por el terror. El tercer día, don Juan Manuel de quitó la vida colgándose de la horca. Al amanecer, los habitantes de la ciudad vieron su cadáver colgando. No faltó quien dijera que habían sido las almas en pena quienes le habían dado muerte.

Esta fue la terrible tragedia que le aconteció a don Juan Manuel, quien fuera unos de los descendientes del emperador Moctezuma Xocoyotzin.

Sonia Iglesias y Cabrera

El franciscano torturado

El franciscano torturado
El franciscano torturado

En una pequeña iglesia situada en la orillas de la segunda traza de la ciudad colonial de México, vivía un cura franciscano muy devoto y muy dedicado a sus votos de servir al Señor. A pesar de que contaba con más amigos que enemigos debido a su gran bondad, no faltaba quien lo envidiara y sintiera antipatía por él. Unos de estos enemigos, traicioneramente, acusó al fraile ante la Santa Inquisición de practicar la hechicería y de tener relaciones con el Diablo.

Un día después de ser acusado, mientras se encontraba en su casucha tranquilamente cenando chocolate y pan, los oficiales de la Inquisición le apresaron y le llevaron a la cárcel. Como las autoridades requerían de su confesión para encerrarle porque carecían de pruebas, sin piedad lo torturaron y lo sometieron al trato de cuerda, atándole los pies y las manos al extremo de una soga y levantándole del suelo, para dejarlo caer bruscamente sin llegar a tocar el suelo. Esta tortura le ocasionó al hombre terribles dolores. Como no confesara, los verdugos ataron un peso a los pies para que al caer el dolor fuese más terrible. Aun así, el fraile se declaraba inocente de toda culpa. Pero no pudo resistir mucho tiempo, y acabó por declararse culpable de todos los cargos que se le imputaban.

Al desdichado padre se le vistió con un sambenito de lana amarilla con la cruz de San Andrés pintada en el pecho, y en la cabeza se le colocó un capirote. De esta manera se le llevó en procesión por las calles para que el pueblo lo insultara y arrojara basura a su paso, pero como era muy querido, los habitantes de la ciudad se encerraron en sus casas. Poco después se le ahorcó y se le decapitó. En el momento de morir la imagen del sacerdote quedó estampada en el portal de la iglesia en la que oficiaba.

Desde entonces, los que pasan por la noche frente a la iglesia ven la figura del religioso sin cabeza en el portón, acompañada de los feligreses a los que dicta misa en latín. Del cuello del clérigo brotan chorros de sangre, y las palabras le salen del fondo de su atribulado corazón.

 Sonia Iglesias y Cabrera

Isabel y Esteban

Isabel y Esteban
Isabel y Esteban

En la época de la Colonia, allá por el siglo XVI, vivía en la calle de Mesones de Talavera, en la Ciudad de México, una joven llamada Isabel esposa de Esteban, un valeroso marinero de vida aventurera, quien idolatraba a Isabel. Ambos estaban muy enamorados; sin embargo, no todo era felicidad pues la pareja deseaba ardientemente tener un vástago que no llegaba.

Un día, Esteban partió de viaje hacía el Puerto de Cádiz, España, e Isabel tuvo que quedarse sola, como ya en muchas ocasiones había ocurrido, pues el marido viajaba con frecuencia dejándola por muchos meses. Isabel muy triste, se bañaba todos los días en la tina y se quedaba un buen rato en el agua pensando en el marido ausente y en el drama de no poder tener hijos. En cierta ocasión en que la ciudad sufría por el terrible calor que ese año era increíble, Isabel decidió bañarse con la ventana abierta. Para su mala suerte una vecina la vio y la denunció a la Inquisición, pues en esa época en que los españoles eran reacios a bañarse, se consideraba que solamente los judíos tenían la mala costumbre del baño diario.

Horas después, la limpia joven fue aprendida por los familiares de la Inquisición, encerrada en una celda con las muñecas encadenadas a un anillo de la pared, y con los tobillos sujeto a otro que se encontraba en el suelo. Sin embargo, Isabel se vio libre al poco tiempo, pues varias personas testificaron que la habían visto todos los días, muy devota, rezar en la iglesia para conseguir el milagro de ser madre. Al año regresó Esteban a quien nadie enteró de lo acontecido a su esposa. Pasado otro año volvió a marchar para hacer sus travesías aventureras. Isabel siguió con su costumbre de los baños en tina diarios, la vecina la volvió a ver, pero esta vez fumando un puro.Volvieron los inquisidores y la apresaron, la torturaron con un cinturón con pinchos que desgarraban su carne y, ante tanto tormento, Isabel no tuvo más remedio que “confesar” que era una judía hereje, por lo cual fue condenada a morir en la hoguera.

Al regresar el esposo viajero, encontró la casa vacía y la tina llena de nenúfares. Al enterarse de la muerte de su esposo, se fue vuelto loco hasta el río y se suicidó ahogándose en él. Las orillas del río se llenaron de nenúfares.

Desde entonces, todas las noches se escuchan los lamentos de Isabel y los desesperados gritos de Estaban clamando por su esposa, la bella joven quemada en la hoguera por ser tan aseada.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

El Señor de las Maravillas

El Señor de las Maravillas
El Señor de las Maravillas

En El Arenal, municipio del estado de Hidalgo, situado a vente kilómetros de Pachuca, se encuentra un santuario dedicado al Señor de las Maravillas, un santo de lo más milagroso, a quien visitan devotos de todas partes de la República Mexicana. La historia de la imagen del santo comienza en el año de 1806, cuando una mujer de Atotonilco El Chico, acudió al Arena para vender una santo Cristo al que llamaba el Señor de los Laureles. Nadie quiso comprarlo; sin embargo, un señor llamado Andrés Pérez al ver la necesidad en que se encontraba la pobre mujer, decidió organizar una colecta en la que recaudó treinta pesos que dio a la dama a cambio de la imagen.

Al Cristo le erigieron una pequeña ermita a la que acudían algunos fieles. Con el tiempo los feligreses se dieron cuenta de que era muy milagroso y se le empezaron a atribuir muchos milagros.

Unos de sus milagros más conocidos nos refiere lo ocurrido a un matrimonio que no se llevaba muy bien. El hombre acudía a trabajar al campo todos los días; y mientras él se fajaba en los duros trabajos agrícolas, la mujer acudía a citas clandestinas para ver a su amante. Un mal día, alguien le fue con el chisme al marido, quien celoso como era, decidió vigilar a la adúltera mujer. Al dirigirse a una de sus pecaminosas citas, el engañado la sorprendió y le preguntó que qué era lo que llevaba en una canasta cubierta con una servilleta bordada en color rojo; la esposa, sabedora de lo celoso e iracundo que era el hombre, desesperada clamó al Señor de la Maravillas que la sacara de ese espantoso trance. Cuando el hombre le preguntó lo que llevaba en la canasta, la mujer respondió: -¡Querido esposo llevó flores del campo para adornar el altar del Santo Cristo! El cornudo marido no el creyó, pues pensó que llevaba comida para satisfacer el hambre que produce hacer el amor y, en un arranque de furia, le tiro la canasta al suelo y ¡Oh, milagro, al suelo cayeron flores de lo más bonito que se desparramaron alrededor de la mujer!

Debido a éste, un tanto cuanto injusto milagro, desde entonces el Cristo recibió el nombre de El Señor de las Maravillas, y se le edificó un buen santuario donde se le venera hasta la actualidad.

 Sonia Iglesias y Cabrera