Category Archives: Leyenda del Imperio

La Calzada del Emperador

La Calzada del Emperador
La Calzada del Emperador

En tiempos del imperio de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867), el ingenuo gobernante residía en el Castillo de Chapultepec y cada mañana se dirigía a trabajar a Palacio, siguiendo la ruta de que nos dejó testimonio su fiel secretario José Luis Blasio: Bien por la Calzada de la Verónica, atravesando la hacienda de la Teja hasta llegar a la glorieta de Carlos IV, bien por la Calzada del Acueducto. De ahí tomaría la hoy avenida Juárez, la Profesa y Madero para desembocar en lo que hoy llamamos el Zócalo.En uno de esos trayectos diarios se le ocurrió la idea de hacer un camino que condujera directamente del Castillo a la Ciudad de México, que constituyera un paseo agradable y se llamara Calzada del Emperador. El deseo de Maximiliano era reproducir el modelo neoclásico de los Campos Elíseos que hiciera en París George-Eugéne Haussmann. La Calzada empezaría en la Glorieta del Paseo de Bucareli (o Paseo Nuevo), donde finalizaba la ciudad, y terminaría en el Castillo de Chapultepec, se construirían a los largo de ella edificios públicos. La calzada acortaría el trayecto diario del emperador a 3.15 kilómetros.

El encargado de llevar a buen término la construcción se llamaba Luis Bolland Kuhmackl, de nacionalidad fluctuante entre la austriaca y la francesa, según quien lo afirme. El Paseo estaría adornado con fuentes, árboles y camellones, además de estar pavimentado a la manera europea. A la mitad del camino habría una glorieta, la que hoy conocemos como la Glorieta de la Palma. La primera parte de la Calzada se terminó de construir en 1866, parte a la cual el Emperador dio el nombre de Paseo de la Emperatriz, en honor de su esposa doña Carlota, aquella a la que gustaba tanto la habanera La Paloma. Pero no era un paseo para todo el mundo, ya que solamente los señores ligados a la corte de los emperadores podían hacer uso de ella para salir a cabalgar. Tampoco podían transitar los vehículos públicos, bestias, cargas, y cabalgaduras; el paso estaba cerrado al tránsito de entierros y procesiones, si no se conseguía previa autorización de Max.

El Paseo del Emperador nunca se terminó; es decir, ni Maximiliano ni Carlota lo pudieron ver concluido, ya que la muerte sorprendió a uno y la locura a la otra. Ricardo López Méndez nos informa: Durante el gobierno de don Benito Juárez nada se hizo en ella. El Benemérito esquivo cruzarla cuando entró triunfante en la Ciudad de México en 1867, pues hay que recordar que el altar de la patria fue erigido entonces en la Glorieta de Carlos IV, al que Juárez se dirigió entrando por el Paseo de Bucareli en carretela abierta.

En el período de don Sebastián Lerdo de Tejada, ya muerto don Benito, se continuaron las obras del Paseo, se trazaron las glorietas, se amplió su anchura, se plantaron árboles, y se colocó la estatua de Cristóbal Colón elaborada en París, y recibió su nombre definitivo: Paseo de la Reforma.

 Sonia Iglesias y Cabrera

La Barragana

La Barragana
La Barragana

A Ignacia Riechy la apodaban La Barragana, por analogía con la heroína de la lucha de Independencia. Participó en la guerrilla armada contra las tropas francesas del imperio de Maximiliano de Habsburgo en 1863. Por su valentía a toda prueba, fue teniente, capitana y comandante de lanceros del Estado Mayor de la Segunda División del Ejército de Oriente comandado por José María Arteaga, había empezado su carrera como correo de los liberales. En el inicio de la contienda, cuando Veracruz se veía amenazada por las tropas de los ingleses, españoles, y franceses, La Barragana propuso crear una corporación militar de mujeres. Nadie le hizo caso. Así que se conformó con luchar sola, y se incorporó a las tropas del general de división arriba mencionado. Durante la batalla del 2 de abril en las Cumbres de Acultzingo, La Barragana fue apresada y encarcelada en Orizaba. Un año después escapó, se incorporó a las tropas de Arteaga que se encontraban en Guadalajara y obtuvo el grado de teniente. En 1864, se la nombró comandante de lanceros de Jalisco. En noviembre del mismo año, La Barragana es derrotada por el coronel francés Clinchart durante el combate de Jiquilpan. Tal derrota deprime mucho la mujer, depresión que se agudizó cuando sus tropas quedaron al mando del general Vicente Riva Palacio, comandante militar del primer distrito del Estado de México.

Por su valentía durante la batalla de Toluca, en 1864, la Barragana obtiene la admiración de Nicolás Romero y de Vicente Riva Palacio. Pero Vicente, al calor de las copas, se burla de Ignacia en una celebración en Zitácuaro. La Barragana se enoja, pero sobre todo se siente defraudada y humillada, y decide suicidarse con un tiro de carabina en el pecho. Antes de matarse, escribe sendas cartas de despedida a Nicolás Romero, al coronel Ruiz Suavia y a Felipa Rojas, su amiga de toda la vida.

El 17 de enero de 1865, Ignacia Riechy, apodada La Barragana, es enterrada con honores de militar en el panteón de Zitácuaro, Michoacán, cubierta de flores que el pueblo depositó sobre su tumba.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

“¡Viva México!”

“¡Viva México!”
“¡Viva México!”

1864. Cerro de las Campanas. Querétaro. Un carruaje harto viejo sube hacia la cima del cerro. Al llegar se detiene y por la ventanilla sale un hombre vestido de negro, porque la puerta se trabó. Alto, delgado, rubio, de larga barba y de expresión dolorida pues tiene diarrea. Los soldados juaristas lo conducen al paredón, junto con dos traidorzuelos: Miramón y Mejía. Rechaza la venda en los ojos, se abre la rubia barba, grita “¡Viva México!” y recibe la descarga de los fusiles en el pecho, ninguna bala en la cara, pues antes había dado a los siete soldados una moneda de oro para que no le dispararan en el rostro. Ya en el suelo, un soldado se acerca a darle el tiro de gracia que le incendia el chaleco y hay que apagarle a manotazos. Los soldados le colocan en el ataúd que le viene chico y los pies se le salen.

El desafortunado emperador de México Maximiliano I fue conducido al Convento de las Capuchinas, de donde saliera horas antes hacia su muerte, para ser embalsamado por el doctor Vicente Licea, quien aseguraban que había lucrado con los órganos del difunto. Pero el mal trabajo de Licea hizo que el cuerpo comenzara a descomponerse cuando el cristal del ataúd lo rompió un soldado descuidado.

Al ser trasladado su cadáver a México el carruaje se volcó dos veces, una cayó al agua de un riachuelo y penetró en el cadáver el cual, al llegar a la ciudad de México, estaba completamente negro. Una vez en la Ciudad de México, se le trasladó al Templo de San Andrés, cerca de la Alameda, para que los médicos lo compusieran. Le desvendaron y le colgaron de los pies en la capilla para que se le escurriera el bálsamo que llevaba dentro; después, al volverlo a embalsamar le colocaron los ojos negros de una imagen de Santa Úrsula, reemplazando los suyos tan azules, y le reconstruyeron la nariz que había perdido con tantas caídas con cera de Campeche.

Todo ello ocurría un día trece, fecha fatídica para el archiduque pues el trece de agosto del año anterior, Carlota había salido para Europa a tratar de encontrar ayuda militar y financiera en Luis Napoleón y en el Papa nunca la volvió a ver; el trece de febrero el archiduque salió para Querétaro como última oportunidad para salvar su imperio; el 13 de marzo estableció su cuartel en La Cruz, donde fue apresado dos días después; el trece de junio se le sentenció a muerte… Maximiliano siempre temió al número trece, tan es así que aplazó su salida del Castillo de Miramar para llegar a Veracruz, un día más de lo previsto pues caía en día 13.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

Concepción Sedano, la amante del Emperador

Concepción Sedano, la amante del Emperador
Concepción Sedano, la amante del Emperador

Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena fue emperador de México del 1º de abril de 1864 al 15 de mayo de 1867, y fue fusilado en Querétaro el 19 de junio de 1867, junto a dos cotlapaches traidorzuelos, mostrando el pecho a los soldados juaristas, y gritando: ¡Viva México! Entre sus muchas aventuras románticas, según se dice con mujeres y hombres, pues muchos historiadores afirman que era bisexual, se encuentra la que tuvo con Concepción Sedano, y de la cual nació un hijo de nombre Julián Sedano y Leguizano. Concepción vivía en la residencia Borda, situada en la ciudad de Cuernavaca, casa de veraneo y descanso más de Maximiliano que de Carlota Amelia, la emperatriz. Ahí la conoció Maximiliano que gustaba de escaparse de sus tareas como emperador y refugiarse en la quinta. Concepción tenía diez y siete años, o veinte para algunos, la piel morena, los labios carnosos, el pelo negro, y las caderas y los senos amplios y voluptuosos. Era la hija (o la esposa para otros), del jardinero de la Quinta Borda, y posiblemente la cocinera. Concepción, india de pura cepa, aunque no hay que creérselo mucho porque hay quien afirma que era mestiza hija de español y criolla, lo cual le quitaría la piel morena, aunque no las caderas y senos voluptuosos, enloqueció al emperador.

Los amores de la desigual pareja tenían lugar en un hermoso sitio, pues la Quinta Borda, hoy conocida como el Jardín Borda, -que fuera construida por el minero de Taxco José de la Borda, nacido en España en 1699, aunque de origen francés, y llegó con su hermano a hacer fortuna en la Nueva España, y lo logró-, poseía hermosos jardines con muchas plantas exóticas, huertas, albercas, fuentes, escalinatas y terrazas, y una iglesia adjunta. Al morir Borda se convirtió en hostal, y en 1865 la tomaron como residencia campestres los novatos emperadores de México, donde ofrecían fiestas de gala en los jardines y conciertos en el escenario que tenía el estanque. Nunca pensó Carlota que sería el escenario de la infidelidad de Max con una mexicanita.

El hijito que tuvieron los amantes adúlteros, y que tantas lágrimas debió haberle costado a la emperatriz, Juliancito, fue bastardo, pues nunca llevó el apellido de su padre, sino el de su progenitora. Nació el 30 de agosto de 1866 y murió fusilado en el Castillo de Vincennes en 1914, acusado de conspirar contra Francia, a favor de los alemanes, durante los terribles sucesos de la Primera Guerra Mundial. Durante el porfiriato Julián Sedano y Leguizano ocupó el cargo de secretario de la Embajada Mexicana en París. No se sabe mucho más de él. Asimismo se desconoce la fecha de la muerte de Concepción a quien Max, en un arranque de ternura, debió llamar Concha, o mejor: Conchita.

 Sonia Iglesias y Cabrera