Category Archives: Leyenda maya

Kaskabal y el perro maltratado

Kaskabal y el perro maltratado
Kaskabal y el perro maltratado

Había una vez un señor que era muy pobre, razón por la cual siempre estaba de muy mal humor. Su enojo lo desquitaba con su pobre perro. Al darse cuenta de lo que ocurría, Kakasbal, el espíritu del mal, pensó en el provecho que podría sacar del odio que el perro debía tener por su mal amo. Decidió aparecérsele al can, al que preguntó: -¿Qué pasa contigo que estás tan triste siempre? A lo que el noble perro respondió: -¡Cómo no voy a estar triste si tengo un amo que continuamente me pega, si razón alguna, me maltrata mucho!

Kakasbal le dijo que ya estaba enterado del mal genio que tenía el cruel hombre, pero que no podía explicarse por qué no lo abandonaba y soportaba tan mal trato. El perro le argumentó que era básicamente fiel a su amo y que por eso no podía dejarlo. El Espíritu del Mal le dijo que podría ayudarlo a escapar, pero el can se rehusó firme en su convicción de serle fiel. Kaskabal le afirmó que su fidelidad nunca sería tomada en cuenta por el mal amo.

Después de mucho discutir, Kaskabal, convenció al desdichado perro para que escapara, y le preguntó lo que tenía que hacer. A lo que el espíritu respondió: -¡Tienes que entregarme tu alma! -¿Y tú que me darás en cambio? Cuestionó el perro. – ¡Te daré lo que tú quieras!, -¡Bueno, entonces dame un hueso por cada uno de mis pelos!, -¡Sea!, contestó Kaskabal

El Espíritu del Mal contó los pelos del perrito. Cuando llegó a la cola, el perro recordó la fidelidad que debía a su amo, se movió inquieto, y Kaskabal perdió la cuenta de los pelos. Enojado le preguntó al animal por qué se movía tanto, a lo que éste le respondió que eran las pulgas que lo tenían tan molesto y que por eso se movía.

Kaskabal empezó a contar otra vez, pero cada vez era lo mismo, el perro se movía. Cien veces comenzó su tarea hasta que furioso dijo: -¡Ya no cuento más, te has burlado de mí, pero me has dado una lección. Ahora me doy cuenta que es más fácil llevarse el alma de un hombre que la de un perro!

 Sonia Iglesias y Cabrera

Xdzunuúm, la Colibrí llorona

Xdzunuúm, la Colibrí llorona
Xdzunuúm, la Colibrí llorona

Hace mucho tiempo, mi abuela, una india maya, me contaba la leyenda de Xdzunuúm, la hermosa Colibrí, Yo no la he olvidado y ahora te la cuento a ti, hija mía.

Un cierto día Xdzunuúm se encontraba muy triste llorando en la rama de una ceiba. Junto a ella se encontraba el nido que había empezado a fabricar, pero que no podía terminar porque no encontraba los materiales necesarios. Deseaba terminar el nido para poder casarse y vivir en él. Pero como era muy pobre no podía preparar su boda. La desdichada Colibrí lloraba y lloraba, nadie la escuchaba porque su llanto era muy débil, pues ella era muy chiquitita. En eso pasó la Xkokolché, que logró oírla y se dirigía a la rama en donde se encontraba Colibrí. Acercándose a ella le preguntó la razón de tan triste llanto. Xdzunuúm le contestó que sufría mucho porque deseaba casarse, pero tanto ella como su prometido eran muy pobres y no tenían dinero para terminar su casita y para organizar la boda. La Xkokolché, afligida, le respondió que le entendía perfectamente, pues ella también era sumamente pobre y no podía ayudarla. Colibrí arreció su llanto al saberse tan desdichada y sin ayuda posible. Xkokolché trató de calmarla diciéndole que no desesperara, que algo se le ocurriría para solucionar su pena.

De pronto, exclamó: -¡Mira, querida Xdzunuúm, tú y yo solas no podemos resolver el conflicto! Así que se me ocurre pedir el auxilio de los otros animales de la selva. En seguida Xkokolché empezó a cantar una bella canción en lengua maya: U tul chichan chiich, u kat socobel, ma tu patal xun, minaan y nuucul. Cuya letra relataba la tragedia de Colibrí.

Ante tan bello canto todos los animales, el agua, y los árboles se acercaron para escuchar la canción. Cuando vio a todos reunidos, Xkokolché cambió la letra y dijo: Minaan u xbakal, minaan u nokil, minaan u xanbil, minaan u xacheil, minaan u neeneíl, minaan u chu-cí, minaan u necteíl. Con la cual daba a entender que Colibrí no tenía nada para la deseada boda, ni zapatos ni vestido ni flores ni dulces, ni un espejo ni un peine para ponerse galana.

Mientras esto sucedía Colibrí seguía llorando, y lloraba con tanto sentimiento que los animales empezaron a reaccionar. El pájaro Xomxaníl ofreció donar un collar para la boda y se desprendió de las plumas amarillas de su pecho. La Araña, se comprometió a tejer una hermosa tela para el traje de novia. El Venado dijo que daría la piel para los zapatitos de Colibrí. La Iguana, quito unas cuantas púas de su piel e hizo un bello peine. El Cenote afirmó que con su clarísima agua fabricaría el espejo. La Abeja se comprometió a elaborar dulces de sabrosa miel.

Al oír tanta bondad Xdzunuúm fue en busca de su novio. Pasados unos días se llevó a cabo la boda, que fue muy lucida y llena de regalos, nada faltó. Hubo comida, bebida y música. La madrina fue la Xkokolché, que lucía tan bella como agradecida Colibrí, porque sabía que todos los animales de la selva eran buenos y solidarios. Ya nunca más se volvió a quejar de su pobreza.

 Sonia Iglesias y Cabrera

El Cristo de las Ampollas

El Cristo de las Ampollas
El Cristo de las Ampollas

En el pueblo de Ixmul vivía un cura. Una noche Juan, que era su nombre, vio que había un incendio en un monte cercano al poblado y decidió y a ver lo que sucedía. Al llegar, vio que había un árbol del que emanaba una fuerte luz. Decidió cortar el tal árbol porque se le figuro que tal vez fuese un augurio venido del Cielo. Convocó a los hombres del pueblo para que le ayudaran en dicha tarea. La madera obtenida del árbol cortado la guardaron en la parroquia.

Un cierto día llegó a la parroquia de Juan un forastero procedente de Guatemala. Tocó a la puerta y le pidió al sacerdote que le diera asilo, éste acepto con mucho gusto pues era un hombre de bien, y agregó que podía quedarse el tiempo que quisiera. Platicaron de buena gana y así Juan se enteró de que el extranjero era ebanista y tallador de oficio. En seguida, le ofreció la madera que tenía guardada y le pidió que esculpiera un Cristo. Antonio, el guatemalteco, le respondió que le agradaría mucho hacerlo, pero con la condición de que nadie lo molestara mientras estuviese realizando su trabajo. Juan aceptó la condición impuesta por Antonio, porque le pareció sin importancia.

Así pues, Juan sacó sus herramientas de trabajo y se encerró a esculpir durante unos cuantos días. A las siete semanas, Antonio salió de la habitación en que se encontraba y le dijo a Juan que ya había concluido su trabajo. Al ver la obra Juan y los habitantes del poblado quedaron extasiados ante lo que vieron, pues la escultura realizada del Señor era magnífica. Entre cánticos y rezos trasladaron la bella imagen al Altar Mayor.

Pasado un cierto tiempo se produjo un terrible incendio en el templo y todo quedó destruido, todo menos el bellísimo Cristo que solamente se ennegreció con el humo. A partir de entonces al santo se le llamó el Cristo de las Ampollas.

 Sonia Iglesias y Cabrera

Bech, la Codorniz ambiciosa

Bech, la Codorniz ambiciosa
Bech, la Codorniz ambiciosa

Hace muchos siglos, los dioses mayas tenían como favorita a Bech la Codorniz, de bello plumaje e imponente hermosura. Como era muy consentida se le permitía poner sus nidos en los árboles más altos, con objeto de que estuviera bien protegida. Pero Bech no era agradecida con los dioses y ambicionaba poseer para ella sola, y su innumerable cría, todo un mundo natural.

Cierta ocasión, el dios Creador Itzamná le pidió al Sol que lo acompañara a visitar la Tierra que había creado, con el fin de averiguar cómo iban las cosas. Bajó de los cielos en forma de hombre ricamente ataviado, como correspondía a su rango.

Al enterarse, Box Buc, el Príncipe de las Tinieblas, tuvo envidia, y envío a unos espías e seguir a la pareja. Pero los espíritus de la selva al darse cuenta de las maquinaciones del príncipe, decidieron proteger a las deidades supremas. Los espías perdieron el rastro. Al no encontrar a sus perseguidos, dulcificando sus ásperas y feas voces, les preguntaron a los pájaros que encontraban si habían visto a la pareja; pero las aves dijeron que no habían visto a nadie, pues se negaron a delatarlos, solamente Bech, la Codorniz, traicionó a los dioses, y ordenó a sus crías que cuando pasaran los dioses bajo el árbol en que se encontraban, todas emprendieran el vuelo a fin de que los espías se dieran cuenta dónde se encontraban Itzamná y el Sol.

Itzamná, al darse cuenta de la traición del ave que más quería y era su consentida, se dirigió a ella y le dijo: -¡Bech, mala pécora, me has roto el corazón con tu traición, tú mi ave preferida. Tanto es mi dolor que de hoy en adelante solo podrás anidar cerca de la tierra y estarás a merced de las fieras y del ataque de los hombres!

Desde entonces Bech, la Codorniz ambiciosa es un ave muy vulnerable, que hasta sirve de comida a los seres humanos.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

 

El Conejo Juan Tul

El Conejo Juan Tul
El Conejo Juan Tul

En cierta ocasión se encontraba el Conejo Juan Tul sosteniendo el techo de una cueva. Una curiosa Ardilla lo vio, y le preguntó lo que estaba haciendo. Juan Tul se lo dijo y añadió que ya estaba muy cansado. La buena Ardilla se ofreció a ayudarlo y Juan Tul se lo agradeció encantado. Pasaron muchas horas y la Ardilla seguía sosteniendo el techo, hasta que se convenció de que Juan Tul se había burlado de ella y se fue.

Cuando se encontró de nuevo al Conejo le reclamó, pero Juan Tul negó todo alegando que había estado durante meses en el zacatal trabajando como ahora lo veía. Astuto, le dijo a Ardilla que estaba muy cansado y que lo ayudara. Ardilla aceptó, Conejo le dio los hatos más pesados de zacate y se fue. Pasó mucho tiempo, Ardilla no pudo más y soltó la molesta carga.

Al volverse a encontrar a Juan Tul, Ardilla, armada de una vara de bejuco, le reclamó su acción amenazándolo de que le iba a sonar la badana. Juan Tul volvió a negar todo, alegando esta vez que hacía meses que vivía en un árbol y que nunca se había alejado de él. Juan tul le dijo a la ingenua que no lo golpeara, que mejor aprovechara las piñuelas que estaban en las orillas del camino. Mientras la Ardilla acudió a buscar las piñuelas, Juan Tul huyó.

La burlada Ardilla una tarde se encontró a Juan Tul y lo llamó por su nombre. Pero Conejo respondió que no se llamaba Juan Tul y que vivía en el bosque. Entonces, Ardilla le pidió que le regalara un poco de agua porque tenía mucha sed, Juan Tul aceptó y le ofreció una calabaza llena de agua, indicándole que se la podía beber toda. Ardilla, como estaba muy sedienta, se la bebió toda. De repente, cayó fulminada al suelo, pues lo que contenía la calabaza no era agua sino aguardiente. El canijo Juan Tul se desternillaba de risa, entre carcajada y carcajada le dijo a la pobrecita: -¡Ardilla borracha, a ver si puedes alcanzarme en el estado en que estás! Y aún riéndose el bromista Juan Tul se fue corriendo.

 Sonia Iglesias y Cabrera

El Cocay y el curandero

El Cocay y el curandero
El Cocay y el curandero

Había una vez un curandero que sabía curar muy bien. Todos los habitantes del Mayab lo querían mucho por sus buenas dotes. Para aliviar a los enfermos empleaba una piedra verde que guardaba en el bolsillo, la tomaba entre sus manos, le susurraba algunas palabras, y los enfermos se curaban. Un día el curandero fue a la selva, se acostó y se quedó dormido. Un fuerte aguacero lo despertó y, en las prisas por guarecerse, la piedra verde se le salió del bolsillo. Cuando llegó a su casa, una señora le esperaba para que curase a su hijito, al momento de que el curandero iba a sacar su piedra se dio cuenta de que la había perdido. Para encontrarla le pidió ayuda al Zopilote, la Liebre, el Venado y el Cocay (luciérnaga) quienes conocían muy bien la selva. Al que la encontrara el curandero lo premiaría. Todos salieron a buscarla. El Venado la halló, pero se la tragó al verla tan bonita, pensando que con ella curaría a las personas que le pagarían buen dinero. Pero la piedra le cayó mal al estómago, la vomitó y salió huyendo. Los otros animales se habían cansado de tanto buscar inútilmente y desistieron. Solamente siguió buscando el Cocay. Gracias a la luz que de repente salió de su cuerpo encontró la piedra, la tomó y se la llevó a su dueño. El curandero le dio las gracias afirmándole que él mismo se había premiado, pues la luz que emanaba de su cuerpecito simbolizaba su nobleza y su inteligencia. Y le dijo: -¡desde hoy te acompañara esa luz por siempre!

Todos los animales lo felicitaron, menos la Liebre que estaba envidiosa de la luz el Cocay y quiso robársela. Le pidió al Cocay que le enseñara su luz, y al momento le cayó encima, pero la Luciérnaga logró desprenderse y se colocó en la frente de la Liebre quien confundió la luz con un rayo. Asustada, la Liebre daba de brincos para apagar el supuesto fuego del rayo, desesperada se arrojó a un cenote; el Cocay voló riéndose de la pobre Liebre que salió del cenote completamente empapada y muerta de miedo.

Desde entonces, la Liebre y todos los animales de la selva respeten mucho al Cocay, ya que temen que un día su luz los engañe como sucedió con la burlada Liebre.

 Sonia Iglesias y Cabrera