Category Archives: Leyenda mazateca

La mentira

La mentira
La mentira

Hace ya bastante tiempo, cientos de años, bajó del Cielo Nuestro Señor Jesucristo a tierras mazatecas con sus doce apóstoles. Primero descendieron éstos y al poco rato el Señor. Se llevaban una diferencia de una hora. Los apóstoles iban tranquilamente caminando por las orillas del río Tonto, que es un río muy grande y muy bonito, cuando de pronto vieron a una hermosa y joven mujer que se encontraba lavando su ropa en una piedra en las riberas del río. Cerca de ella se encontraba una canasta de mimbre en donde su pequeño hijo se encontraba durmiendo. Al verla, uno de los apóstoles le preguntó: -¿Ese niño tan bonito, es acaso tu hijito? La mujer volteó a ver a los hombres y le respondió al preguntón: -¡Claro que sí, es mi hijo y le gusta mucho venir conmigo al río! Los apóstoles que estaban cansados de tanto caminar y tenían mucha sed le pidieron: -Hermosa mujer, ¿Podrías darnos un poco de agua? La joven madre tomó una jícara, la lleno con agua fresca del río y se la dio al apóstol más cercano a ella. Cuando todos terminaron de beber el agua, dieron las gracias y continuaron su camino más frescos y descansados. Dieron la doce de la tarde, y como el Sol pegaba muy fuerte la muchacha tapó con su rebozo la canasta donde reposaba el niño.

Pasado un rato, llegó hasta ella Nuestro Señor Jesucristo. La joven sintió su presencia y lo volteó a ver: quedó maravillada y sobrecogida ante la extraordinaria belleza del Señor. Al ver a la muchacha Jesucristo le pidió: -Hermosa y buena mujer, serías tan amable de obsequiarme un poco de agua? Pero dime, ¿Qué es lo que guardas en ese cesto de mimbre?

La madre, un poco amoscada por tanta pregunta, le respondió a la divinidad:- ¡Señor, es tan solo una ranita la que tengo en esta canasta! En seguida, al oír la falsa respuesta, Jesucristo exclamó: – ¡Pues que sea una rana! Y de pronto empezaron a salir saltando muchas ranas verdes.

Fue así cómo fueron creadas las ranas por el Señor Jesucristo, es por ello que estos animalitos son tan traviesos y saltarines como todos los niños.

 Sonia Iglesias y Cabrera

María Sabina, la mujer sabia.

María Sabina, la mujer sabia.
María Sabina, la mujer sabia.

Que soy la mujer águila dueña,/ Mujer nadadora dueña, soy/ Mujer águila dueña, soy/ Mujer gavilán dueña, soy/ Mujer tlacuache dueña, soy.

Así cantaba María Sabina Magdalena García, la mujer mazateca de los hongos, de los “niños santos” como los llamaba. Descendiente de una estirpe de curanderos, huérfana a muy temprana edad, se casó con Serapio Martínez a los catorce años de edad, para quedar viuda en 1914. Murió en 1985, vieja, pequeñita, cansada, sumamente pobre y explotada por todo mundo, en especial por los gringos; habían pasado noventa y un años desde su nacimiento en Huautla de Jiménez, Oaxaca.

Sus “niños santos” son los hongos psilocibios (hongos alucinógenos) que contienen sustancias tales como la pislocibina, la psilocina y la baeocistina, María Sabina los empleaba con funciones rituales y terapéuticas. María Sabina decía:

Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo que está lejos, también cercano e invisible. Ahí es donde vive Dios, donde vive el muerto y los santos. Un mundo donde todo ha pasado ya, y se sabe todo. Ese mundo habla. Tiene un idioma propio. Yo informo lo que dice. El hongo sagrado me toma de la mano y me lleva al mundo donde se sabe todo. Allí están los hongos sagrados, que hablan en cierto modo que puedo entender. Les pregunto y me contestan. Cuando vuelvo del viaje que he tomado con ellos, digo lo que me han dicho y lo que me han mostrado.

Cuenta la leyenda que en una ocasión en que María Sabina había ingerido hongos, para poder soportar el hambre: Los hongos hacían que pidiéramos a Dios que no nos hiciese sufrir tanto, le decíamos que siempre teníamos hambre, que sentíamos frío. No teníamos nada: sólo hambre, sólo frío, su hermana se enfermó, y se le apareció la Muerte, que la orientó, juntó con seres espirituales superiores, en cómo debía curar a su hermana. A partir de ese momento, y gracias a que su hermana se alivió, María devino curandera herbolaria muy solicitada. Cuando cumplió cuarenta años, se dedicó a trabajar solamente con los hongos. Una vez que diagnosticaba la enfermedad, daba a sus pacientes los hongos, para que a través de ellos Jesucristo y otros seres espirituales, pudiesen obrar y curar al enfermo. Como ella misma diría: Soy hija de Dios y elegida para ser sabia. En el altar que tengo en mi casa, están las imágenes que me ayudan a curar y a hablar. En las veladas, palmeo y chiflo, en ese tiempo me transformo en Dios.

Hasta muy avanzada en su vejez siguió curando. Pero un día que se encontraba bajo los efectos de los hongos recibió un mensaje divino: La última vez que comí hongos subí al Cielo. Dios me dijo: ¿Qué andas buscando? Ya no comas más hongos, de lo contrario te vas a quedar en el camino y ya no vas a regresar. A partir de ese momento María Sabina dejó de ejercer como curandera y pasó a formar parte de la leyenda.

 Sonia Iglesias y Cabrera