Category Archives: Leyenda mexica

Ayauhcaltitlan

Ayauhcaltitlan
Ayauhcaltitlan

En el Lugar de la Casa de la Niebla, Ayauhcaltitlan, existía una laguna en la que se encontraban dos grandes estatuas de piedra, cuando el agua bajaba podían verse las ofrendas de copal y vasijas que habían quedado después de haberse llevado a cabo la ceremonia del sacrifico de los infantes a quienes se les quitaba el corazón. En el medio de la laguna en el sitio llamado Xiuhchimalco, había un remolino donde cada año se sacrificaban a los niños pequeños de tres a cuatro años. Los sacerdotes llevaban a los niños elegidos montados en una pequeña canoa que el remolino se tragaba; las canoas llegaban a Apazco Santiago, rumbo a Tula, por medio de un túnel subterráneo. Cuando la laguna de Apazco reducía su agua, muchas veces se encontraban las canoítas de los niñitos sacrificados.

Malinalli, Yerba, era una india mexica que vivía a las orillas de la ciudad de Tenochtitlan. Estaba casada con Quiahuitl, Lluvia, un pescador joven y robusto que adoraba a su esposa y a su pequeño hijo Iztacmixtli, Nube Blanca. Vivía por ellos y para ellos. Malinalli no se quedaba atrás, pues adoraba a su trabajador esposo y a su bello hijo que tenía un remolino de pelo en la coronilla.

Como se acercaba la fiesta dedicada a los Tlaloques, dioses del agua, del primer mes del año Atlcahualo, los sacerdotes estaban muy ocupados consiguiendo niños pequeños para el sacrificio y si tenían un remolino de pelo en la cabeza, mejor. En sus andanzas llegaron hasta la casa de Malinalli y Quiahuitl, y al ver a Iztacmixtli no dudaron en escogerlo. Lo tomaron y se lo llevaron; la madre sollozaba de dolor, y Quiahuitl, aunque sabía que era un gran honor para la familia el que su hijo hubiese sido elegido para el sacrificio, no podía aceptar la pérdida de su niño.

Los sacerdotes condujeron a Iztacmixtli al templo donde debía engalanarse con ricos atavíos, para ser conducido a Xiuhchimalco, junto con otros infantes, para ser sacrificado en la laguna. Los padres, desesperados, acudieron a ver al sacerdote mayor de los Tlaloques para que dejara libre a su hijo, pero éste, despreciativamente, los echó del recinto arguyendo que deberían sentirse honrados y no llorar por algo que redundaría en beneficio de la comunidad, pues el sacrifico proporcionaría buenas lluvias y cosechas magníficas. Resignada, la pareja regresó a su casa a orar en el altar doméstico y pedir a Tláloc, el dios de la lluvia su ayuda.

Llegó el día del sacrificio, empezó la procesión en medio de música y danzas, aparecieron los niños, a la cabeza iba Iztacmixtli, llorando a moco tendido. El sacrificio se consumó, las canoítas partieron y desaparecieron en el remolino. Pasados unos días, cuando la laguna de Apazco se secó, los padres decidieron recoger la canoíta como un recuerdo póstumo. Cuando llegaron a la tal laguna, vieron muchas canoas y, entre ellas, una en la que se encontraba Iztacmixtli sano y salvo: ¡El dios Tláloc había obrado el milagro!

Sonia Iglesias y Cabrera

Mecaltlalpouhqui e Iztacxóchitl

Mecaltlalpouhqui e Iztacxóchitl
Mecaltlalpouhqui e Iztacxóchitl

Iztacxóchitl era una joven nahua arriesgada y curiosa, le gustaba indagar acerca de su pasado, pero mucho más acerca de lo que vendría en el futuro. Como era bonita y noble no dudaba en que su porvenir estaría repleto de felicidad; un buen marido rico y tres o cuatro hijos que serían su dicha, sobre todo cuando se acercara a la vejez. Ni que decir tiene que su padre, un importante cacique de Texcoco, la consentía sobre manera.

Un día, a la niña se le metió entre ceja y ceja conocer lo que le deparaba la vida y pidió a su padre que le mandase un adivino a quien consultar. En un principio el cacique se negó, pero ante la insistencia de la niña, accedió a lo solicitado. Ordenó a sus criados que fuesen a buscar a Ixtli Tochtli, Conejo de Obsidiana, que era famoso por sus aciertos en las artes adivinatorias, las cuales practicaba desde joven, y cuyos conocimientos le venían de su padre y su bisabuelo, y aun de más atrás, pues sabía que ese maravilloso arte provenía de los tiempos de los dioses Oxomoco y Cipactonal, quienes lo habían inventado. Ixtli Tochtli era un adivino de los llamados macatlalpouhque, es decir, que adivinaba por medio de echar los granos de maíz y de atar cuerdas. Era muy bueno en su oficio e incluso se jactaba de que el mismo Moctezuma lo había consultado en varias ocasiones quedando muy satisfecho con sus servicios. Sus adivinaciones se basaban en los granos. Por ejemplo, si quería saber cuál era la enfermedad del consultante y su pronóstico, arrojaba ocho granos, si uno quedaba parado, era señal de que moriría de tal enfermedad.

Así pues, un buen día el adivino acudió a la casa del cacique. Iztacxóchitl lo recibió en sus aposentos. Ambos se sentaron en sendos icpallis, Ixtli Tochtli sacó sus granos de maíz, los royó un poco, y procedió a arrojarlos en un cajete con agua para ver su colocación. Después de varios minutos de haber estudiado los granos, su semblante poco a poco fue cambiando, se puso pálido, se demacró y la nariz se le afiló. Ante este cambio tan brutal, la joven, asustada, le preguntó al macatlalpouhque qué era lo que veía, Ixtli se negó a contestar, pero ante la insistencia de la niña, le dijo: -Lo que veo es muy extraño. Veo un hombre con la piel muy clara, el pelo rubio, y bello como la Luna. Vendrá de un lejano país invasor, junto con otros guerreros. Tú le conocerás en circunstancias adversas. Se enamorarán, tendrán un hijo, pero nunca se casaran, pues tu padre no lo permitirá ni él querrá hacerlo. Todo el mundo que conoces ahora se trastocará, tu casa y tu padre desaparecerán y tú quedarás sola con tu hijo, que unos sacerdotes ajenos a nuestra religión llamaran Diego. Cuando tu hijo crezca, se convertirá en un caudillo que luchará contra su padre y sus iguales. Tú morirás quemada en una hoguera por tus creencias religiosas a las cuales no renunciarás, pero tu hijo seguirá viviendo para ver su derrota y la de todos los pueblos indios.

Al oír estas terribles palabras, Iztacxóchitl se puso a sollozar, su padre, el cacique, acudió al escuchar el llanto de la niña y escuchó el terrible relato. El adivino, temeroso de la reacción del padre, huyo a su casa. Iztacxóchitl ya más tranquila, llegó a la edad de dieciocho años, bella como siempre, pero siempre triste y melancólica sabedora del futuro que la esperaba.

 Sopnia Iglesias y Cabrera

Dos leyendas de obsidiana

Dos leyendas de obsidiana
Dos leyendas de obsidiana

DOS LEYENDAS DE OBSIDIANA

Tepoztécatl y la utilidad de las lajas de obsidiana

Hubo una vez un niño llamado Tepoztécatl, cuyo nombre significaba “persona de hacha de cobre” que era muy inquieto. Un día, las autoridades del pueblo en que vivía decidieron que el padre del niño debía ser sacrificado al monstruo de Xochicalco, llamado Xochicálcatl, a quien se le sacrificaban ancianos para calmar el hambre que siempre tenía. Pero Tepoztécatl decidió tomar el lugar de su padre, -porque era un muchacho muy bueno- a pesar de que contaba con 15 añitos y no era viejo. Muy decidido se encaminó hacia Xochicalco, al tiempo que iba recogiendo pedazos de obsidiana filosos que guardaba en su morral de ixtle. Cuando llegó al lugar indicado, se presentó ante la terrible Xochicálcatl, una enorme serpiente que le devoró sin piedad. Ya dentro de la serpiente, el niño sacó las obsidianas y laceró las entrañas del dragón, quien murió en medio de terribles sufrimientos. Y así los ancianos se libraron de ser sacrificados al monstruo de Xochicalco.

El origen de la obsidiana tornasol

Xóchitl-Sol era una bella joven que se enamoró de un guerrero. Como su padre –el tlatoani de la comunidad- no estaba de acuerdo con tal romance, decidió enviar al joven a la guerra con el fin de que muriese. Al enterarse de la inminente partida del joven los desdichados amantes subieron a un cerro, y en la cima hicieron un pacto de amor.

-¡Yo no me casaré con nadie, aguardaré tu regreso! Exclamó Xóchitl-Sol.

Al día siguiente, el guerrero se fue a la guerra. Todos los días la muchacha acudía al cerro a llorar su desgracia, pues su prometido no regresaba a pesar del tiempo transcurrido. Uno de esos tristes días, un dios le preguntó la razón de su llanto, ella le explicó la causa y el dios se ofreció a ayudarla.

-¡Quiero que mis lágrimas se conviertan en un faro de luz para que regrese mi amado!

Ante esta petición, el dios convirtió sus lágrimas en bellos trozos de obsidiana tornasol. Pero el amante nunca regresó, y Xóchitl-Sol siguió llorando; cada lágrima se convirtió en una obsidiana tornasol de las que hay muchas en el cerro donde los amantes se juraron amor eterno.

Sonia Iglesias y Cabrera