Category Archives: Leyenda purépecha

El Diablo del cerro

El Diablo del cerro
El Diablo del cerro

Germán, un aprendiz de artesano de Cuanajo, Michoacán, era un jovencito muy ambicioso. Había entrado de aprendiz con don Sebastián en su taller de muebles. Germán quería aprender pronto a hacer muebles, para poner su propio taller y emanciparse. Eso estaba muy bien, pero el chico no tenía paciencia, quería hacerlo todo rápido y mal.

Un cierto día, Germán fue al cerro a recoger un tronco que don Sebastián había dejado olvidado. Lo estaba buscando cerca de una cueva cuando, de repente, le salió un señor muy bien vestido, como catrín. El señor le dijo al jovencito que lo acompañara a la cueva y que no iba a arrepentirse. Indicándole la entrada, el señor desapareció como por encanto, antes de dejarle ciertas instrucciones para que accediera a la cueva. En la entrada de la misma, Germán vio un crucifijo clavado en un costado, y lo escupió como le había indicado el catrín. Luego se topó con una víbora enorme a la que brincó como pudo. Luego le salió un carnero, un gallo, un chivo y un toro a los que tuvo que esquivar para que no lo atacaran. Una vez que sortea estas dificultades, el joven entró en la cueva donde el señor, que era nada menos que el Diablo, le hizo firmar un contrato en el que cedía el cuerpo y el alma a cambio del dinero que le dio.

Con el dinero obtenido, Germán puso su taller con ayudantes. Empezó a ganar mucho dinero con la venta de sus muebles. Prospero, se casó, y así llegó a los cincuenta años. El mismo día en que los cumplía, llegó el Diablo a cobrar su alma. Asustadísimo, al sentir que el chamuco se lo llevaba, Germán corrió hasta la iglesia del pueblo y buscó al cura. El sacerdote, enterado de las angustias de Germán, colocó cruces en el camino y el Diablo no pudo pasar a llevarse el alma del cincuentón.

Después de recibir una fuerte reprimenda del señor cura, Germán regresó a su casa muy contento por haberse librado del Diablo. Juró devoción eterna a Dios y disipó sus temores con una buena comilona de carnitas y pulque curado, dando gracias al cielo por haberlo salvado.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

Mintzita

Mintzita
Mintzita

Don Antonio Huitziméngari tuvo como padre al último gobernador de los purépecha: Tangáxoan Tzintzicha. Vivía en una hermosa casona en Pátzcuaro junto con su esposa, la bella Mintzita, de noble linaje. La joven no lograba acostumbrarse a las maneras hispanas que le había tocado sufrir en dicha ciudad; razón por la cual extrañaba su casa de Tzintzuntzan. Pero por el amor que profesaba a su esposo resistía a la vida con gente extraña, cuyo idioma, el español, no lograba o no quería dominar. Aceptaba a regañadientes la religión que cambiara a su dios Curicaveri por ese Cristo doliente, a quien no sabía cómo implorar.

Desde su ventana Mintzita veía la Plaza Mayor de la antigua Petatzécuaro, donde se paseaban las damas españolas recién llegadas de su patria. Para agasajarlas dieron comienzo muchas fiestas a las que siempre se invitaba a don Antonio que era poderoso por ser considerado aún jefe supremo por los indios, y porque los españoles apreciaban su fuerte incorporación a la cultura hispana. Los paseos en carretela se hicieron frecuentes y a ellos acudía una hermosa moza española hija de un capitán y sobrina de un oidor: doña Blanca Fuenrara, a quien pronto cortejó don Antonio. Ofrecióle a doña Blanca una fiesta en su casa. Mintzita se ocupó de organizarla de la mejor manera posible. Por fin iba a conocer a su rival. Al verla llegar al sarao, no pudo menos que apreciar sus ojos verdes y su cabellera de oro reluciente. La pobre Mintzita sólo pudo murmurar: -¡Nana Cueráperi, qué bella es la extranjera!

Ante esta situación, Mintzita huyó a refugiarse en las islas, todo lo abandonó. Después de pasado varios meses, le dijeron a don Antonio que la joven se encontraba, medio loca, en la isla de Pacanda, hilando noche y día en su telar de cintura una manta rara y larguísima, cuando no contemplando por horas las verdes aguas del lago. En las noches en que la Madre Luna resplandecía redonda, Mintzita se despojaba de sus ropas y exponía al Cielo su bello cuerpo, para que se blanqueara como el de doña Blanca.

Don Antonio acudió a buscar a su esposa a Pacanda. La encontró arriba de un templo, por la noche. Al verla, Antonio quedó subyugado ante tanta belleza. En la cintura llevaba atada una falda, atada con una faja, cuyos pliegues formaban por detrás un abanico, sobre el que caían sus gruesas y negras trenzas. Sus hombros se cubrían con un rebozo pintado con el azul del cielo y con rayos de luna. Antonio subió al templo y cuestionó a Mintzita la causa de su abandono. Ella respondió que se debía al cortejo que le dispensaba a doña Blanca, y que había ido a pedirle a la Madre Luna que le diera blancura a su piel; al Padre Sol, le había pedido que le pusiera los cabellos rubios, y a la bella Hapunda, la laguna, que le cambiará a verdes el color de sus ojos negros; Ella misma había tejido la falda que llevaba tratando de imitar la moda de la española. Enternecido, don Antonio regresó con ella al palacio que habitaba.

Al verla, las damas españolas no pudieron menos que admirar su vestimenta tan singular que no era del todo española ni del todos india. Supieron que era la esposa del último calzontzin Antonio, y todas imitaron tan bello traje. Las mujeres indias no se quedaron atrás, también imitaron la hermosa vestimenta de la guare Mintzita, adaptándola a su gusto. Así nació el traje de las indias purépecha que hasta hoy día lucen orgullosas.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

La Lluvia, el campesino y el tabaco

La Lluvia, el campesino y el tabaco
La Lluvia, el campesino y el tabaco

Había una vez un campesino que sembraba calabazas. Cuando se asomaba a la milpa por la mañana ya no encontraba ninguna. Un día vio a una muchacha que las estaba cortando, quien era nada menos que la Lluvia. Ella le preguntó si era el dueño. Él dijo que sí. La mucha le dijo al campesino que le llevaría a donde ponía las calabazas. En eso se escuchó un fuerte trueno seguido por un relámpago. La muchacha llegó a la casa donde vivía en el Cielo, y escondió al campesino para que no lo vieran los hombres que trabajaban con ella, sus hermanos, y eran los que la ayudaban a producir la lluvia. Cuando los hombres entraron a la casa dijeron: -¡Huele a carne humana! Encontraron al campesino y se extrañaron de encontrarlo ahí, pues nadie de la Tierra podía subir al Cielo. Deseaban matarlo, le dijeron que se lo llevarían para que trabajara con ellos, pero era una mentira. Al oírlos, la joven se arrancó un cabello y un trozo de su faja, y le dijo al campesino que los guardara en la bolsa de su camisa, para que no le pasara nada.

Los hombres le dijeron al campesino que se subiera a un pino, y produjeron rayos y truenos con el fin de matarlo, pero ninguno le daba al joven, porque cuando un rayo caía en el pino, él ya se encontraba en otro. Cuando llegó la hora de almorzar, los hombres se sentaron en el pasto para comer. El campesino vio unas cajas alineadas y se puso a abrirlas para ver que contenían. Una tenía la helada, otra el granizo, y otra tenía unos gorros. El joven sacó todo. Los hombres se enojaron porque en ese momento dio inicio una tormenta muy fuerte, pues Lluvia, la muchacha, ya no los respetaba. Era tanta la lluvia que ocasionó muchos daños en la Tierra. La mujer decidió regresar al campesino, pues estaba segura de que sus hermanos los matarían. Pero al darse cuenta de su ausencia, los hermanos le exigieron a Lluvia que trajera al hombre. Cuando llegó de vuelta lo esculcaron y encontraron el cabello y el trozo de faja, se los quitaron y lo mataron. Cuando llegaron a comer a la casa, Lluvia preguntó por el campesino y sus hermanos le respondieron que ya no iba a volver.

Al momento de caer muerto, cayó una semilla junto a él y creció una planta de tabaco que se fue expandiendo por todo el campo. Lluvia le preguntó a Dios que sería bueno hacer para pagarle al campesino que le había ayudado y a quien ella le había robado las calabazas que les sirvieran como comida a ella y a sus hermanos. Pero Dios le dijo que no se preocupara por eso, porque al joven lo estimarían a apreciarían siempre todos los hombres de la Tierra, porque se había convertido en una maravillosa planta de tabaco que haría las delicias de los humanos.

 Sonia Iglesias y Cabrera

Ábalos, el nahuatlato

Ábalos, el nahuatlato
Ábalos, el nahuatlato

Hubo una vez un español llamado Nuño de Guzmán que era cruel y aborrecible; había nacido en el año de 1490 en Guadalajara, España. Llegó a la Nueva España en 1525 con el ánimo de hacer fortuna. Fue nombrado gobernador de la provincia del Pánuco por Carlos V, para que diera fin a los abusos de los conquistadores en tierras indianas:!Ironías del la vida! En sus muchas andanzas terminó enemistado a muerte con Hernán Cortés.

En una de sus conquistas Guzmán llegó hasta el reino de los purépecha, donde Cristóbal de Olid había derrotado a los indígenas en 1522, tomó preso a Tangáxoan Tzintzicha, el último de los cazonci, a quien acusó de seguir practicando su religión y de incitar al levantamiento de los indios, cuando no a esconder un supuesto cuantioso tesoro. Después de someterlo a un vergonzoso juicio, el canzonci fue sentenciado a ser arrastrado por un caballo y a morir quemado en la hoguera.

Ábalos, de quien no conocemos bien a bien el nombre de pila –aunque se cree que se llamaba Juan Pascual- fue apresado por Nuño de Guzmán junto con Tangáxoan, pero como Ábalos sabía hablar náhuatl, el asesino español lo empleó como intérprete. Era su nahuatlato, pero no por ello bien tratado. Cuando Guzmán llevó a México al tlatoani purépecha, Ábalos iba en la comitiva, un poco como preso y un poco como traductor. El cazonci iba custodiado por García del Pilar, otro de los nahuatlatos de Guzmán. Como Ábalos no hablaba español sino sólo náhuatl, traducía del purépecha al náhuatl y García Pilar traducía del náhuatl al español. Este papel lo siguió representando Ábalos cuando Nuño de Guzmán llegó a Tzintzuntzan, a fin de preparar la conquista de Jalisco, lugar donde Tangáxoan Tzintzicha fue brutalmente torturado por el no menos brutal Nuño, para que confesaran un supuesto complot en Cuynaho. Alertado por Ábalos, Fray Martin de Jesús, un sacerdote más o menos piadoso, impidió que el conquistador español continuara con la tortura. Al darse cuenta del aviso, Guzmán también apresó a Ábalos, aun cuando más tarde le dejó libre. Cuando las tropas se dirigían a Jalisco, el nahuatlato fue otra vez apresado por Guzmán, y mantenido con grilletes por dos días. Más adelante, cuando tuvo lugar el injusto juicio del Tangáxoan, Ábalos fue uno de los testigos. Durante el juicio, un nahuatlato jorobado traducía del purépecha al español lo dicho por Ábalos, don Pedro y los otros testigos. Juan Pascual fue sometido a tormento para que confesase cuanto oro tenía el cazonci y dónde se hallaba escondido, y si era verdad que se habían cavado hoyos en Cuynaho para que los caballos de los conquistadores cayesen en ellos. A cambio de su completa confesión, Nuño de Guzmán le prometió a Ábalos su completa libertad. Sin embargo, el intérprete nunca había visto el tan codiciado y mencionado oro. Ábalos nunca confesó lo que no podía confesar, y murió a manos del crudelísimo conquistador hispano.

 Sonia Iglesias y Cabrera