Category Archives: Leyenda zapoteca

Tangu Yuh

Tangu Yuh
Tangu Yuh

Hace mucho tiempo, los zapotecos de Tehuantepec, Oaxaca, vivían muy felices, todos eran cooperativos. Su territorio estaba dividido en tres zonas: Norte, Centro, y Sur. Los hombres del Norte eran muy buenos cazadores, las mujeres buenas bordadoras. Los hombres y las mujeres del Sur trabajaban con maestría el barro, la madera y los instrumentos musicales. Y la gente del Centro se dedicaba al comercio. Sin embargo, un aciago día empezaron a envidiarse unos a otros y a estar insatisfechos con su trabajo. Los dioses del Cielo, que estaban satisfechos con la armonía que reinaba entre los zapotecos, decidieron enviarle a la diosa Tangu Yuh en plan de visita, como observadora.

Una mañana, los habitantes sureños de Tehuantepec al despertase escucharon una música celestial, vieron a unas criaturas con alas de plata volar por el cielo que tocaban trompetas y palos de lluvia, y a la diosa Tangu Yuh vestida de terciopelo y bella cual ninguna. Se fijaron en los extraordinarios bordados de su vestimenta para reproducirlos en sus telas. Después, la diosa se dirigió a la región central, los habitantes pensaron que si escuchaban los consejos de Tangu Yuh, se volverían el pueblo más rico de la Tierra. Pero nadie pudo oír nada por el barullo que armaban. Al poco rato, la diosa se dirigió al Sur. Los sureños se reunieron en la plaza y tocaron sus instrumentos musicales con la esperanza de que al oírlos Tangu Yuh los considerara excelentes. Pero por afanarse tanto, rompieron sus instrumentos y la música fue desastrosa. Al ver la deidad que en las tres zonas todo era un verdadero caos, pensó: -¿Acaso esta es la paz y la armonía que vengo a alabar? Bastante más que desilusionada, Tangu Yuh dio media vuelta y ordenó a los ángeles la retirada hacia el Cielo. Todos los habitantes de las tres regiones se preguntaban qué había sido de la diosa, pero nadie sabía responder ocupados en sus propios problemas. Las actividades se suspendieron, nadie bordaba ni hacía instrumentos ni comerciaba. Todos estaban tristes y cabizbajos. Observaban el Cielo con la esperanza de que Tangu Yuh volviese. Pero nada sucedió y todos volvieron a sus actividades.

Desde entonces, los del Centro comerciaron mejor, porque se sentían bendecidos por la diosa; los del Norte bordaron e hicieron telas más bellas; los del Sur compusieron una canción muy hermosa que enseñaron a los de las otras regiones: ¡Diosa de la Tierra!/ ¿Qué no hubiera dado por ver tus ojos?/ ¿Qué no hubiera dado por ver tus ojos?/ ¡Diosa de la Tierra!

Cada año, en la noche de Año Nuevo, todos se reunían para cantarle a la diosa su canción. Los dioses observaron que los del Norte hilaban tela para todos, los del Centro comerciaban con sus vecinos, y los del Sur compartían su música. La armonía y la cooperación habían vuelto. A la mañana siguiente, la diosa volvió y le hicieron una gran fiesta. Desde ese día el espíritu de Tangu Yuh está con los zapotecos. Los artesanos del Sur fabricaron una muñeca llamada Tangu Yuh, vestida como la diosa, que se regalaba por esa fecha, como aún se hace. Y todos esperan que la diosa regrese una vez más.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

Donají

Donají
Donají

El tlatoani zapoteca Cosijopí tenía una hija muy bella llamada Donají. Con ella vivía en un palacio situado en la cima del cerro Dani Dixhina, Cerro del Venado, cerca del poblado de Tlacotepec. La joven solía irse a bañar en las aguas de un pequeño río donde se formaba una laguna y había una piedra llana, el lugar recibía el nombre de Guela Bupu. Después de bañarse, acostumbraba dar paseos por el bosque cercano. En cierta ocasión no se dio cuenta de que había caminado mucho y se perdió. Cansada, se sentó a la sombra de un pochote y se quedó dormida. Un capitán español que pasaba por el lugar, la vio y quedó admirado de la belleza de la joven india. Donají se despertó, vio al hispano que la observaba, se pegó tremendo susto y corrió hacia el palacio, donde su padre, asustado por su tardanza, ya había enviado a dos guerreros en su busca.

Al día siguiente, Donají se fue a bañar y a pasear como de costumbre. Pero esta vez se encontró al español quien presuroso le declaró su amor. La joven le correspondió. El padre de Donají al enterarse de tales amores desiguales se enojó, y le recordó a su hija que estaba comprometida con un valiente guerrero zapoteca. Donají declaró que nunca se casaría con un hombre a quien no amaba y que antes prefería la muerte.

Desesperada por la actitud de Cosijopi, la muchacha se fue a Guela Butu, se subió a lo más alto del cerro y se arrojó. El río arrastró a la hermosa princesa que quedó toda destrozada y ensangrentada. Desde entonces, los habitantes del lugar ven una jícara maravillosa que flota en la superficie del agua y nadie puede agarrar. Dentro de la jícara va el corazón de la bella Donají, la joven que se mató por amor a un blanco invasor.

 Sonia Iglesias y Cabrera