El franciscano torturado

El franciscano torturado
El franciscano torturado

En una pequeña iglesia situada en la orillas de la segunda traza de la ciudad colonial de México, vivía un cura franciscano muy devoto y muy dedicado a sus votos de servir al Señor. A pesar de que contaba con más amigos que enemigos debido a su gran bondad, no faltaba quien lo envidiara y sintiera antipatía por él. Unos de estos enemigos, traicioneramente, acusó al fraile ante la Santa Inquisición de practicar la hechicería y de tener relaciones con el Diablo.

Un día después de ser acusado, mientras se encontraba en su casucha tranquilamente cenando chocolate y pan, los oficiales de la Inquisición le apresaron y le llevaron a la cárcel. Como las autoridades requerían de su confesión para encerrarle porque carecían de pruebas, sin piedad lo torturaron y lo sometieron al trato de cuerda, atándole los pies y las manos al extremo de una soga y levantándole del suelo, para dejarlo caer bruscamente sin llegar a tocar el suelo. Esta tortura le ocasionó al hombre terribles dolores. Como no confesara, los verdugos ataron un peso a los pies para que al caer el dolor fuese más terrible. Aun así, el fraile se declaraba inocente de toda culpa. Pero no pudo resistir mucho tiempo, y acabó por declararse culpable de todos los cargos que se le imputaban.

Al desdichado padre se le vistió con un sambenito de lana amarilla con la cruz de San Andrés pintada en el pecho, y en la cabeza se le colocó un capirote. De esta manera se le llevó en procesión por las calles para que el pueblo lo insultara y arrojara basura a su paso, pero como era muy querido, los habitantes de la ciudad se encerraron en sus casas. Poco después se le ahorcó y se le decapitó. En el momento de morir la imagen del sacerdote quedó estampada en el portal de la iglesia en la que oficiaba.

Desde entonces, los que pasan por la noche frente a la iglesia ven la figura del religioso sin cabeza en el portón, acompañada de los feligreses a los que dicta misa en latín. Del cuello del clérigo brotan chorros de sangre, y las palabras le salen del fondo de su atribulado corazón.

 Sonia Iglesias y Cabrera

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