Sayamwincoob

Sayamwincoob
Sayamwincoob

Una mujer anciana de oficio pitonisa vivía en la ciudad de Kabah, ciudad maya que se encontraba al sur de la actual ciudad de Mérida, Yucatán. Como no podía tener hijos, le pedía al dios Chic Chan que le diera uno. Tanto pidió que un buen día el dios le dijo que fuese al cenote y buscara un huevo de tortuga que fuese grande. Cuando la mujer lo encontró, lo llevó a su casa. Meses después, del huevo surgió un enano bastante feo que tenía la cabellera roja. La pitonisa le puso por nombre Saiyamwincoob, lo adoraba aunque era horrible, y le consideraba como a su hijo. Los únicos momentos en que Saiyamwincoob se quedaba solo era cuando la mujer iba al cenote en busca de agua, la misma que depositaba en una olla grande en su casa. A fin de que su madre se tardase más en el cenote, el hijo hizo una olla más grande; así el enano se podía pasear por más tiempo fuera de casa. En uno de sus paseos se encontró un tambor y una sonaja. Los tomó y se puso a tocarlos. El sonido que produjo llegó hasta el Halach Uinic de Uxmal, quien al escucharlo sintió miedo, pues recordó que si alguien llegaba a tocar los dichos instrumentos y su sonido era escuchado por todo el Mayab, automáticamente se convertiría en Halach Uinc; es decir en soberano. Inmediatamente, el jefe supremo ordenó que se buscase a la persona que tocaba el tambor y la sonaja. Cuando sus soldados trajeron a Saiyamwincoob frente a él, lo retó poniéndole varias pruebas. En primer lugar, debía llevarle un guajolote macho que pusiera huevos. Poco después, el enano le llevó al tlatoani un hombre que tenía la apariencia de estar embarazado; el Halac Uinic se burló y le dijo que era absurdo que un hombre pudiera estar embarazado; entonces, el enano replicó que tampoco veía la razón de que un guajolote macho pusiese huevos. Ante tal argumento, los jueces le dieron la razón a Saiyamwincoob. Siguieron otras pruebas por el estilo en las que siempre salió triunfante el enano.

En la última prueba Saiyawincoob debía colocarse un cocoyol en la cabeza que un guerrero rompería con una punta de flecha golpeada por una piedra. El enano puso como condición que si sobrevivía, el tlatoani debía pasar por lo mismo. La madre del hombre pequeño le colocó un plato mágico que le protegía la cabeza del golpe que pudiera recibir en caso de fallar el guerrero. Como eso no paso y sobrevivió el rey se tuvo que someterse a la misma prueba, que le dio muerte. Así pues, Saiyawincoob se convirtió en jefe supremo y construyó los templos conocidos como La Casa del Gobernador, El Templo del Adivino y, para su progenitora, La Casa de la Anciana Madre.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

 

El Palacio de Cortés

El Palacio de Cortés
El Palacio de Cortés

Unos de los edificios más interesantes de Cuernavaca, Morelos, es el llamado Palacio de Cortés, cuya construcción dio inicio en el año de 1526. Se le edificó sobre el Tlatlocayacalli, la casa que se utilizaba para entregar los tributos el cacique tlahuica a los funcionarios mexicas. Una vez terminada la conquista, como muestra de su poderío, Hernán Cortés decidió construir en tal sitio su casa palaciega, en la cual vivió con su esposa Juana Zúñiga.

A principios de la Colonia, Cuauhnáhuac era parte del Marquesado del Valle de Oaxaca, cuya fundación obedeció a la Cédula Real fechada el 6 de junio de 1529, cuando Cuernavaca se convirtió en villa, y pasó a ser la Alcaldía Mayor de este marquesado.

Después de fungir como casa del capitán Cortés, de 1747 a 1821, se le utilizó como cárcel, en la cual se dice que estuvo preso José María Morelos y Pavón, el caudillo de la insurgencia libertaria.

En 1855, se encontraba ahí el gobierno provisional de la República de Juan N. Álvarez, presidente por un pequeño período, y una vez que hubo derrotado a Antonio López de Santa Anna. Su gobierno reunió a grandes figuras de la época para integrar su gabinete, como lo fueron Melchor Ocampo, Benito Juárez y Guillermo Prieto. En nuestros días, el Palacio de Cortés es el Museo de Antropología del Estado, y se le conoce como Museo Cuauhnáhuac.

La leyenda nos cuenta que por las noches de luna llena se ven pasar las siluetas fantasmagóricas de los ocupantes célebres que el Palacio ha tenido; así, los custodios y los veladores afirman haber visto a Cortés, Juana, Morelos, y a Juan paseando por sus pasillos y escaleras, e incluso afirman que suelen formar gran palique relatándose sus hazañas o sus tragedias.

 Sonia Iglesias y Cabrera

La Casa de los Azulejos

La Casa de los Azulejos
La Casa de los Azulejos

La famosa Casa de los Azulejos de la Ciudad de México, localizada en la Calle de Madero, data del siglo XVI. Se formó de la unión de dos grandes casas, una de ellas perteneciente a don Damián Martínez; la una ubicada en la Calle de Plateros, frente al Convento de San Francisco el Grande, y la otra en el Callejón de la Condesa. Don Diego Suárez de Peredo, en 1596, compró la casa del Callejón a don Damián y unió ambas casas. Al poco tiempo se oficio de fraile franciscano y dejó la propiedad a su hija, quien contrajo matrimonio con Luis de Vivero el segundo Conde del Valle de Orizaba y habitaron las casas unidas.

Doña Graciana Suárez de Peredo, quinta condesa del Valle de Orizaba, rescató la casa del deterioro en que se encontraba y para poder habitarla la adornó con azulejos de Puebla, ciudad de la que llegó a la capital en 1708. Pero la tradición oral nos cuenta otra cosa.

Una leyenda da fe de que un descendiente del Conde de Orizaba era un bueno para nada, que se dedicaba con esmero a dilapidar su fortuna en las continuas francachelas de la vida mundana. No trabajaba ni quería hacerse responsable de los negocios de su padre, el cual continuamente le regañaba por su errático comportamiento. Los continuos regaños del aristócrata siempre acababan con la frase: -¡Hijo mío, así nunca llegarás lejos, ni harás casa de azulejos!

Ante tanto regaño, el joven parrandero recapacitó, la frase de su padre le llegó al alma, y un día decidió enmendarse; trabajó, hizo su propia fortuna, remozó la propiedad que se encontraba algo deteriorada y la cubrió completamente de hermosos azulejos, como la podemos ver hoy en día.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

Miguel

Miguel
Miguel

Un niño de nueve años caminaba la noche del 1° de noviembre por una calle de la Ciudad de México. Un señor que lo vio, se asomó a la ventana de su casa de la planta baja y le preguntó el porqué se encontraba en la calle a esas altas horas de la noche, y le instó para que se fuese a su casa. El infante replicó que no podía hacerlo pues debía conseguir dulces para llevárselos a un amigo suyo que no podía salir de su casa, la cual señaló con su dedito. El señor contestó que eso era imposible ya que la casa en cuestión se encontraba abandonada desde hacía mucho tiempo. Pero ante la insistencia del niño en llevarle dulces a su amigo, el hombre decidió acompañarlo hasta la casa. Al entrar en la morada el señor sintió una extraña presencia, y de pronto vio a un pálido y transparente niño pequeño que tendía la mano en espera de recibir un obsequio. Ante esta aparición el hombre, asustadísimo, salió corriendo hasta su hogar.

Al otro día, acudió con una vecina al lugar, se trataba de una mujer muy anciana que era ducha en esoterismo y le contó lo sucedido. La mujer le informó que hacía ya muchos años, una señora había tenido un hijo sin estar casada y que su enamorado había huido, cobardemente, para no cumplir con las responsabilidades de la paternidad. Cuando el niño nació, el padre de la joven burlada temeroso del qué dirán, escondió al pequeño, que recibió el nombre de Miguel, en una habitación,. Ahí creció el pobre niño sin amor y muy solo. Pasados unos años, ante tanto sufrimiento la madre se suicidó. El abuelo de Miguel, ante este hecho tan doloroso, abandonó la casa, pero se olvidó de Miguel a quien dejó abandonado en el cuarto. Miguel, de tan sólo seis años murió de hambre y de sed en su habitación.

Desde entonces, explicó la mujer esotérica, el fantasma de Miguel se aparece a los niños del barrio para pedirles un poco de comida durante las fiestas de Día de Muertos, porque fue en esas fechas que el desdichado chamaquito perdió la vida.

 Sonia Iglesias y Cabrera

Pudding, el gato

Pudding, el gato
Pudding, el gato

En las postrimerías del siglo XIX, en la esquina que forman las calles 60 y 67 en la Ciudad de Mérida, Yucatán, estaba situada una casa en la cual vivía un sacerdote llamado Bernardo Briseño. Estaba el buen hombre a cargo de la Iglesia de San Juan. La casa la habitaba solamente él, aun cuando una mujer del pueblo acudía dos veces por semana para encargarse de las tareas domésticas.

El sacerdote no era joven, contaba con setenta y cuatro años bien cumplidos. Su carácter era seco y amargado, lo que le impedía sentir amor por los animales, por lo tanto no tenía ni gato ni perro, nada más se acompañaba de un canario. La mujer que le ayudaba en las faenas domésticas se llamaba doña Rosita y como era vecina del cura mal encarado, también le llevaba sus alimentos todos los días, los cuales depositaba sobre la mesa del comedor.

Otro vecino de don Bernardo era panadero y su tahona la tenía a dos casas de la suya. En la panadería había muchos gatos que eran de mucha ayuda, pues contribuían a espantar a los hambrientos ratones que se comían la harina y el azúcar para los panes. Pero los gatos tenían la costumbre de llegarse hasta la casa del cura y de comerse los alimentos que dejaba la vecina sobre la mesa. Un día, los gatos tiraron la jaula del canario y estuvieron a punto de comérselo, pero llegó doña Rosita y lo impidió.

Un domingo en que don Bernardo regresaba a su casa después de impartir la misa y con mucha hambre pensando en el sabroso potaje que le tenía servido doña Rosita, descubrió que unos de los gatos del pandero llamado Pudding había dado fin a su comida. Al verlo llegar Pudding echó a correr a una recámara, el sacerdote tomó una tranca y salió en su persecución. Al verse atacado, el goloso gato se le fue encima y le rasguñó el cuello alcanzándole la yugular. Don Bernardo comenzó a sangrar profusamente hasta que se desvaneció.

Al otro día, el lunes muy de mañana doña Rosita se presentó en la casa del sacerdote. Cuando entró en la recámara para hacer la cama, se encontró al hombre tirado en el suelo en medio de un enorme charco de sangre y con una palidez cadavérica. El gato, Pudding, se encontraba a su lado lamiendo muy tranquilamente la sangre.

 Sonia Iglesias y Cabrera

La visión del obispo

La visión del obispo
La visión del obispo

Una señora que se llamaba Mariana contaba que su abuelito cuando era un niño de nueve años, fue monaguillo en la iglesia parroquial de San Felipe Torres Mochas, Guanajuato. En cierta ocasión le tocó al niño ayudar en la misa que estaba oficiando el Obispo de León, invitado para tal efecto. Tal obispo era considerado como un hombre santo y de una bondad extraordinaria, totalmente fuera de lo común, y que además poseía la capacidad de levitar.

En el momento de la consagración; es decir, cuando el pan deviene el cuerpo de Cristo y el vino su sangre, el obispo empezó a levitar ante el asombro de los concurrentes a la misa. En un momento dado y después de varios minutos levitando, el obispo cayó por tierra. El sacerdote de la parroquia al ver al santo hombre en el suelo, ordenó al monaguillo que fuese a buscar las sales a la sacristía para volver en sí al clérigo. Ni tardo ni perezoso, el nuño obedeció, y un minuto después regresaba con las sales. Cuando el obispo recobró el sentido, lo primero que dijo fue: -¡Vi una terrible y espantosa escena, nada menos que vi el alma de Benito Juárez entrando al Infierno!

El niño monaguillo desde aquella ocasión quedó completamente traumado, sobre todo por las palabras del Obispo, pues cuando el religioso cayó de su levitación, llegó la noticia de que don Benito Juárez acababa de morir a las 23:35 horas del día 18 de julio de 1872, a causa de una angina de pecho.

 Sonia Iglesias y Cabrera